¡Árboles de la vida!, ¿no invernáis? (10) / Nosotros no pensamos al unísono.
No marchamos acordes, como lo hacen / las aves migratorias. Alocados
y premiosos, de pronto nos lanzamos / contra el viento y caemos en estanques
indiferentes. Florecer y ajarse / sucede al mismo tiempo en nuestra mente
y todavía hay leones por ahí / que ignoran, mientras son dominadores,
cualquier fragilidad. Pero nosotros, / cuando pensamos algo enteramente,
sentimos ya el apremio de otra cosa. / La hostilidad acecha ahí, muy cerca.
¿Acaso los amantes no están siempre / limitándose, aunque se juraban
caza, techo y espacio? Ahí se urde, / para un dibujo efímero, un penoso
fondo contradictorio, para que / nosotros lo veamos: pues nos falta
claridad, ignoramos el contorno / íntimo del sentir, y sólo vemos
aquello que lo forma desde fuera. / ¿Quién no se sentó inquieto, alguna vez,
ante el telón del propio corazón? / Se levantó el telón, y el decorado
era ya el del adiós. Y era fácil / de comprender: el familiar jardín,
un leve balanceo. De repente, / el bailarín entra en escena. ¡No,
él, no! ¡Basta! Parece que se mueve / ágilmente, pero es sólo una máscara,
y se transforma en un burgués que cruza / por la cocina y entra en casa. No,
no quiero eso disfraces medio huecos. / Prefiero la muñeca, que está llena.
Deseo sostener la marioneta / y el alambre y el rostro simulado.
Aquí. Ya estoy delante. Aunque se apaguen / las luces y me digan: “Se acabó”;
aunque entre a escena, con el gris del aire, / el vacío, y aunque no se sienten
mis callados ancestros junto a mí, / ni ninguna mujer, ni tan siquiera
el muchacho de bizcos ojos pardos (11). / Me quedo, pese a todo. Siempre hay
algo que ver. ¿No es cierto? Padre, / a quien la vida supo tan amarga,
al probar en la mía la primera / turbia infusión de mi deber, aquélla
que seguiste probando al yo ir creciendo, / tú, que ocupado aún en el regusto
de un futuro tan raro, examinabas/ mi mirada borrosa. Padre mío,
tú, que desde que has muerto, tantas veces / en la esperanza que hay dentro de mí,
tienes miedo y, pensando en mi destino / vacilante, abandonas el sosiego
de los muertos, los reinos de la calma, / di, ¿no tengo razón? Ah, y vosotras…
decidme, ¿no la tengo?, sí, vosotras, / que empezasteis a amarme por el tímido
comienzo de mi amor, del que yo mismo / me apartaba, pues el espacio aquel
que había en vuestro rostro y que yo amaba / se me iba al espacio universal
donde dejábais ya de ser… ¿no es cierto? / ¿No hago bien esperando, cuando quiero,
ante el teatro de títeres? ¿No puedo / mirar con tanta intensidad que, en justo
contrapeso, de pronto venga un ángel, / como si fuera actor, para dar vida
a los muñecos? Ángel, marioneta: / por fin hay espectáculo. Por fin
se une lo que hemos desgarrado / con sólo estar aquí. Y sólo entonces,
desde el fondo de nuestras estaciones, / emerge la total transformación.
Entonces es cuando, sobre nosotros, / arriba, el ángel interpreta. Mira,
¿no debían sospechar los moribundos / que todo cuanto hacemos está lleno
de artimañas? ¡Oh días de la infancia, / cuando, tras las figuras, había más
que pasado, y delante aún no había / futuro. Sí, crecíamos, es cierto,
soñando, a veces, en hacernos grandes, / en parte por amor a quienes nada
tenían sino eso: ser mayores. / Y sin embargo, en nuestra soledad,
jugábamos con cosas perdurables / y estábamos allí, en la frontera
entre mundo y juguete, en un espacio / creado para un puro acontecer.
¿Quién es capaz de describir a un niño / tal cómo es? ¿Quién puede situarlo
en la constelación, con la medida / de distancia en la mano? ¿Quién fabrica
la muerte de los niños con pan gris, / que se va endureciendo, o la abandona
en su boca redonda, como el centro / de una hermosa manzana?… Es muy fácil/
sentir al asesino, pero eso, / el contener la muerte, toda entera,
aun antes de la vida, suavemente / y sin ira, eso es indescriptible.
((10) El árbol permanece vivo, incluso en invierno, confiando sin ansiedad en su renovación cíclica. Nosotros, en cambio, vivimos en la confusión, angustiados por la conciencia de nuestra fugacidad.
(11) Posiblemente se trata de Egon von Rilke, primo y compañero de juegos del poeta, que murió siendo aún niño: “A menudo pienso en él -escribirá Rainer- y sigo volviendo a esa figura que me ha afectado indescriptiblemente. Gran parte de la infancia, la tristeza y la impotencia de la infancia, están encarnadas en su forma… en sus hermosos ojos marrones, desfigurados por un estrabismo”. En los “Cuadernos de Malte Laurids Brigge” hay ya una alusión clara a esa figura, pues el protagonista habla de Erik Brahe, un muchacho amigo suyo, del que dice: “(…) sólo uno de sus hermosos ojos, de un pardo oscuro, parecía moverse. Ese ojo miraba a veces hacia mi lado, con un aire tranquilo y entristecido, a pesar de que el otro permanecía siempre fijo sobre el mismo punto, como si estuviese vendido y ya no entrase en consideración”.