Cuarta Elegía

¡Árboles de la vida!, ¿no invernáis? (10) / Nosotros no pensamos al unísono.

No marchamos acordes, como lo hacen / las aves migratorias. Alocados

y premiosos, de pronto nos lanzamos / contra el viento y caemos en estanques

indiferentes. Florecer y ajarse / sucede al mismo tiempo en nuestra mente

y todavía hay leones por ahí / que ignoran, mientras son dominadores,

cualquier fragilidad. Pero nosotros, / cuando pensamos algo enteramente,

sentimos ya el apremio de otra cosa. / La hostilidad acecha ahí, muy cerca.

¿Acaso los amantes no están siempre / limitándose, aunque se juraban

caza, techo y espacio? Ahí se urde, / para un dibujo efímero, un penoso

fondo contradictorio, para que / nosotros lo veamos: pues nos falta

claridad, ignoramos el contorno / íntimo del sentir, y sólo vemos

aquello que lo forma desde fuera. / ¿Quién no se sentó inquieto, alguna vez,

ante el telón del propio corazón? / Se levantó el telón, y el decorado

era ya el del adiós. Y era fácil / de comprender: el familiar jardín,

un leve balanceo. De repente, / el bailarín entra en escena. ¡No,

él, no! ¡Basta! Parece que se mueve / ágilmente, pero es sólo una máscara,

y se transforma en un burgués que cruza / por la cocina y entra en casa. No,

no quiero eso disfraces medio huecos. / Prefiero la muñeca, que está llena.

Deseo sostener la marioneta / y el alambre y el rostro simulado.

Aquí. Ya estoy delante. Aunque se apaguen / las luces y me digan: “Se acabó”;

aunque entre a escena, con el gris del aire, / el vacío, y aunque no se sienten

mis callados ancestros junto a mí, / ni ninguna mujer, ni tan siquiera

el muchacho de bizcos ojos pardos (11). / Me quedo, pese a todo. Siempre hay

algo que ver. ¿No es cierto? Padre, / a quien la vida supo tan amarga,

al probar en la mía la primera / turbia infusión de mi deber, aquélla

que seguiste probando al yo ir creciendo, / tú, que ocupado aún en el regusto

de un futuro tan raro, examinabas/ mi mirada borrosa. Padre mío,

tú, que desde que has muerto, tantas veces / en la esperanza que hay dentro de mí,

tienes miedo y, pensando en mi destino / vacilante, abandonas el sosiego

de los muertos, los reinos de la calma, / di, ¿no tengo razón? Ah, y vosotras…

decidme, ¿no la tengo?, sí, vosotras, / que empezasteis a amarme por el tímido

comienzo de mi amor, del que yo mismo / me apartaba, pues el espacio aquel

que había en vuestro rostro y que yo amaba / se me iba al espacio universal

donde dejábais ya de ser… ¿no es cierto? / ¿No hago bien esperando, cuando quiero,

ante el teatro de títeres? ¿No puedo / mirar con tanta intensidad que, en justo

contrapeso, de pronto venga un ángel, / como si fuera actor, para dar vida

a los muñecos? Ángel, marioneta: / por fin hay espectáculo. Por fin

se une lo que hemos desgarrado / con sólo estar aquí. Y sólo entonces,

desde el fondo de nuestras estaciones, / emerge la total transformación.

Entonces es cuando, sobre nosotros, / arriba, el ángel interpreta. Mira,

¿no debían sospechar los moribundos / que todo cuanto hacemos está lleno

de artimañas? ¡Oh días de la infancia, / cuando, tras las figuras, había más

que pasado, y delante aún no había / futuro. Sí, crecíamos, es cierto,

soñando, a veces, en hacernos grandes, / en parte por amor a quienes nada

tenían sino eso: ser mayores. / Y sin embargo, en nuestra soledad,

jugábamos con cosas perdurables / y estábamos allí, en la frontera

entre mundo y juguete, en un espacio / creado para un puro acontecer.

¿Quién es capaz de describir a un niño / tal cómo es? ¿Quién puede situarlo

en la constelación, con la medida / de distancia en la mano? ¿Quién fabrica

la muerte de los niños con pan gris, / que se va endureciendo, o la abandona

en su boca redonda, como el centro / de una hermosa manzana?… Es muy fácil/

sentir al asesino, pero eso, / el contener la muerte, toda entera,

aun antes de la vida, suavemente / y sin ira, eso es indescriptible.

((10) El árbol permanece vivo, incluso en invierno, confiando sin ansiedad en su renovación cíclica. Nosotros, en cambio, vivimos en la confusión, angustiados por la conciencia de nuestra fugacidad.

(11) Posiblemente se trata de Egon von Rilke, primo y compañero de juegos del poeta, que murió siendo aún niño: “A menudo pienso en él -escribirá Rainer- y sigo volviendo a esa figura que me ha afectado indescriptiblemente. Gran parte de la infancia, la tristeza y la impotencia de la infancia, están encarnadas en su forma… en sus hermosos ojos marrones, desfigurados por un estrabismo”. En los “Cuadernos de Malte Laurids Brigge” hay ya una alusión clara a esa figura, pues el protagonista habla de Erik Brahe, un muchacho amigo suyo, del que dice: “(…) sólo uno de sus hermosos ojos, de un pardo oscuro, parecía moverse. Ese ojo miraba a veces hacia mi lado, con un aire tranquilo y entristecido, a pesar de que el otro permanecía siempre fijo sobre el mismo punto, como si estuviese vendido y ya no entrase en consideración”.