Quinta Elegía

Dedicada a la Sra. Hertha Koenig (12)

Pero ¿quiénes son esos trotamundos (13), / un poco más inquietos que nosotros?

¿Quiénes son ésos, a quienes, muy pronto, / les retuerce, imperioso, con urgencia,

-y ¿por amor a quién?- un ardoroso / deseo insatisfecho? Los retuerce,

los dobla, los enlaza, los columpia, / los lanza y los recoge, como si,

desde un aire aceitoso, que resbala / cada vez más, cayeran a la alfombra

raída, desgastada por su eterno / saltar, hasta esa alfombra que parece

perdida en un rincón del universo. / Extendida como un esparadrapo,

como si un cielo de arrabal hubiera / herido allí a la tierra. Y cuando caen,

en seguida se yerguen, exhibiendo / la gran letra inicial del resistir…

Pero ya el agarrón, que siempre vuelve, / dobla incluso a los hombres más fornidos,

bromeando, lo mismo que, en la mesa, / Augusto el Fuerte (14), dobló el plato de estaño.

Pero, ay, alrededor de ese escenario, / la expectación florece y se deshoja

como una rosa (15): en torno a ese mortero / del saltar, el pistilo es fecundado

-sin que llegue a saberlo- por el polen, / y alumbra un falso fruto: el del hastío

de los propios actores, esbozando / una leve sonrisa desganada.

Y después, el más viejo, el arrugado / y decrépito atleta, que ahora toca

solamente el tambor, atrincherado / en su tremenda piel -como si hubiera

albergado a dos hombres, y uno de ellos / yaciera ya en la tumba, mientras él

habría sobrevivido, un poco sordo / y algunas veces algo confundido

en esa piel viuda…- Y el más joven, / como si fuera el hijo de un pescuezo

y una monja: macizo, vigoroso / de músculo y simpleza. ¡Oh, vosotros,

a quienes un dolor, aún pequeño, / recibió alguna vez, como un juguete,

en las convalecencias que se alargan!… / Tú, que caes, con el golpe que las frutas

sólo conocen, verde aún, cien veces / cada día, del árbol de la acción

mutuamente labrada (el árbol que, / más rápido que el agua, en poco tiempo

es primavera, verano y otoño, cae y rebota en la tumba); aunque a veces,

en medio de una pausa, se diría / que va a nacer en ti un gesto amable

hacia tu madre raramente tierna; / pero al fin se diluye por tu cuerpo,

que banalmente lo malgasta, el gesto / apenas esbozado… Y ya, de nuevo,

da una palmada el hombre para el salto, / y, antes de que un dolor se te acentúe

cerca del corazón siempre agitado, / le llega hasta las plantas de los pies

el ardor de su salto originario, / que se anticipa con un par de lágrimas

que suben, corporales, a tus ojos. / Pero en seguida, a ciegas, la sonrisa… (16)

¡Oh, ángel, tómala! ¡Corta esa hierba / medicinal de diminutas flores!

¡Busca un florero y guárdala! ¡Colócala / entre esos gozos que aún no se han abierto

para nosotros!, y celébrala, / en una hermosa urna, con florida

y enérgica inscripción: “Subrisio saltat” (17). / Y luego, tú, preciosa, rebasada

en silencio por gozos más intensos. / Quizá te agrade tu pelo rizado,

quizá la seda verde con reflejos / metálicos se sienta acariciada

inmensamente sobre la turgencia / de tus jóvenes senos…Tú, que cambias

de posición en todas las balanzas / del equilibrio, fruta de mercado,

que en público se ofrece, indiferente, / entre los hombros. ¿Dónde, dónde está

ese lugar (lo llevo en mis entrañas) / donde, hace poco tiempo, ellos podían

desasirse entre sí, como animales / que, acoplándose, nunca se aparean;

ese lugar donde los pesos pesan; / donde los platos caen de las varillas

que vanamente siguen dando vueltas? / De pronto, en el penoso no-lugar,

de pronto, el indecible sitio donde / la pura insuficiencia se transmuta

inexplicablemente, dando un salto / hasta la vana demasía. Donde

la cuenta de casillas numerosas / se resuelve sin números. ¡Oh plazas!,

¡oh plaza de París, teatro eterno, / donde Madame Lamort, modista, anuda,

teje los incansables derroteros / de la tierra, con cintas infinitas,

inventa nuevos lazos y volantes, / flores, escarapelas, falsas frutas,

todo teñido para los baratos / sombreros invernales del destino!

Ángel, si hubiera un sitio que ignoramos, / y allí, sobre una alfombra inenarrable,

mostraran los amantes lo que aquí / no pudieron hacer, las atrevidas,

altas figuras de los arrebatos / del corazón: sus torres de delicia,

las escalas, alzadas hace tanto, / donde nunca hubo suelo, sostenidas

una en otra, temblando…. y que pudieran / hacerlo rodeados por un corro

de innumerables muertos silenciosos (18): / ¿echarían entonces esos muertos

sus últimas monedas siempre ahorradas, / siempre secretas y desconocidas,

las valiosas monedas de la dicha, / ante esa pareja que, por fin,

dibuja una sonrisa verdadera / sobre la alfombra ya pacificada?

(12) Escritora, coleccionista de arte y amiga de Rilke, Herta Koenig (1884-1976) es, con toda razón, la destinataria de esta Quinta Elegía, inspirada en el cuadro de Picasso “La famille des saltimbanques” (1905). Ese famoso cuadro, comprado en 1908 por André Level para la asociación La Peau d’Ours, fue adquirido en 1914 por la galería Thannhauser de Munich. Allí lo vio Rilke, y, a instancias suyas, Hertha Koenig lo acabó comprando. El poeta, que solía alojarse en la casa de su amiga, en la Windenmaystrasse, pasó allí el verano de 1915, tan cerca ya del cuadro, que se consideraba a sí mismo “guardián de Picasso”. “La famille des saltimbanques” se conserva hoy en la National Gallery of Art de Washington.

(13) Rilke llamaba a la Quinta Elegía la “La elegía de los saltimbanquis”. Hertha Koenig, propietaria de “La famille des saltimbanquis”, de Picasso, recuerda en sus “Memorias”: “Compartimos muchas horas delante del cuadro. Rilke siempre encontraba algo de lo que gozar. El chalequillo de terciopelo negro de la niña junto al rosa desteñido de su vestido, la tierna manita sobre el asa del cesto de flores, el gris indeciblemente yermo, aunque también colorista, del desierto español tras las grandes figuras, la vasija de barro detrás de la mujer sentada…”. Rilke alude, en una carta de julio de 1907, a la actuación en París de la “troupe” de Pére Rollin. Ese recuerdo, intensificado en la Quinta Elegía, aparece ya en el poema de 1908 “Die Gruppe (Paris)”.

(14) Augusto el Fuerte (1670-1733), príncipe elector de Sajonia y, desde 1697, rey de Polonia. De él se dice que se entretenía con sus invitados deformando platos de estaño con sus manos.

(15) Los saltimbanquis simbolizan la fugacidad humana, la impermanencia y el continuo hacer y deshacer de sus figuras (con sus pirámides y acrobacias audaces); en torno a ellos florece y se deshoja la rosa de los espectadores. Joaquín Blanco resume así la interpretación de Leishmann: “los saltimbanquis configuran la flor del espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos sobre la tierra, como manos de mortero o triturador, o pisones (“Stampfer”), levantan polvo florido, que a manera de polen los refertiliza. Así surge la rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del tedio, que provoca la sonrisa igualmente superficial, ligera y luminosa, del tedio de los propios saltimbanquis.”

(16) Es la sonrisa forzada con la que el acróbata contrarresta las lágrimas de su angustia secreta y la tensión de su salto mortal. A pesar de su aparente falsedad, esa sonrisa tiene un gran valor y merece ser recogida por el ángel, que transforma lo visible en invisible.  

(17) “Subrisio Saltat”: Abreviatura de la expresión latina Subrisio Saltatoris (sonrisa del saltimbanqui), pensada por el propio Rilke “como inscripción de un vaso de farmacia”, recordando los membretes con que se identificaban las sustancias curativas y mágicas en las farmacopeas medievales. (Subrisio es una variante tardía de la palabra latina risus).

(18) Para Barjau, ese “corro de muertos” es “la anti-rosa del universo simbólico de Rilke: una flor falsa, que se autofecunda, que da sólo frutos falsos”.