Segunda parte

SONETO II-1

Respirar, ¡oh invisible poema!,

puro trasiego eterno entre mi ser

y el cosmos. Contrapeso en cuyo ritmo,

acompasadamente, me sucedo.

Ola única de este mar creciente, 

el mar que paulatinamente soy;

tú, de todos los mares presentidos,

el que menos derrocha. ¡Más espacio!

¡Cuántos de esos espacios he sentido

que ya estaban en mí! Algunos vientos

se diría que son como mis hijos.

¿Me reconoces, aire, lleno aún

de mis cosas? Corteza lisa fuiste;

hoy eres curva y filo de mis versos. 

SONETO II-2

Lo mismo que un apunte apresurado

le arrebata al Maestro el verdadero, 

trazo, a menudo usurpan los espejos (16)

la sagrada sonrisa incomparable

de las muchachas, disfrutando a solas

de una mañana, o bajo amables velas.   

Después, sólo un reflejo se desprende

del respirar del verdadero rostro.

Cuánto ojos miraron las cenizas

languideciendo sobre los fogones,

miradas de la vida ya esfumadas.

¿Quién conoce los daños de la Tierra?

Sólo el que, celebrándola, la canta,

el corazón nacido para el Todo. 

SONETO II-3

Espejos: nadie supo describir todavía

la verdadera esencia de lo que sois. Espacios 

que se han ido colmando de tiempo sucesivo,

como los intersticios de una tupida trama.

Vosotros saturáis los salones vacíos, 

profundos, como bosques cuando cae la tarde…

Como si fuera un ciervo de dieciséis astas,

la lámpara traspasa vuestro espacio insondable.

Colmados muchas veces de profusas pinturas,

algunas se diría que os son consustanciales,

y a otras, temerosos, parecéis rechazarlas…

pero la más hermosa seguirá con vosotros

hasta que llegue el día en que, ya claro y libre,

penetre, en sus mejillas virginales, Narciso. (17)

SONETO II-4

He aquí el animal inexistente (18).

Empezaron a amarle sin saberlo

-su caminar, su cuello, su apostura,

hasta la luz de su mirar callado-.

En realidad, no era. Pero, amándolo,

dándole espacio, se hizo animal puro.

Y en ese espacio claro y reservado,

alzó, esbelto, su testa. Pero apenas

necesitaba ser. Y, sin embargo,

esa ilusión de ser le daba vida, 

y le dio tanta fuerza que, en su frente,

brotó un cuerno, uno solo. Y era blanco,

y se acercó a una virgen. Y existió

en el plateado espejo y en la virgen.

SONETO II-5

Músculo de la flor, que le va abriendo

a la anémona (19) el alba de los prados, 

hasta que, en su regazo, polifónica, 

luz de cielos sonoros se derrama,

en la callada estrella-flor tensado,

músculo de acogida inagotable,  

tan abrumado a veces de su exceso,

que el signo de sosiego del crepúsculo

apenas puede replegar de nuevo

la corola en exceso desplegada,

¡tú, fuerza y plenitud de tantos mundos!

Porque somos violentos, perduramos,

pero ¿cuándo, en qué vida, finalmente,

nos abriremos para la acogida?

SONETO II-6

Oh rosa, entronizada desde antiguo (20),

eras apenas un sencillo cáliz,

y ya, para nosotros, la flor plena,

la flor ilimitada, inagotable.

Tu esplendor va vistiendo, capa a capa,

un cuerpo que parece sólo luz;

sí, pero al mismo tiempo cada pétalo

anuncia y niega cualquier atavío.

Hace siglos nos llama tu perfume

con sus nombres más dulces; y su gloria

en el aire se mece de repente.

No sabemos nombrarlo: lo intuimos…

y hacia él va el recuerdo, que invocamos

al recordar las horas memorables.

SONETO II-7

Flores, tan parecidas a las manos que os cogen

(manos de las muchachas de hoy y de otros tiempos),

flores calladas sobre la mesa del jardín,

yacéis extenuadas y tiernamente heridas,

esperando que el agua llegue para salvaros

de la muerte ya activa… Pero ahora, de nuevo,

erguidas, en los polos de estremecidos dedos

sensibles, presintiendo un alivio mayor

del que podíais soñar, os sentís leves,

y, juntas ya en los búcaros, revivís lentamente

exhalando un calor y un frescor de muchachas

-confesión de una culpa, la del turbio pecado

de haber sido arrancadas-, estableciendo ahora

una relación nueva con ellas, floreciendo.

SONETO II-8

In memoriam Egon von Rilke (21)

Escasos compañeros de juego de la infancia, 

cómo nos encontrábamos en jardines dispersos

de la ciudad, y cómo, dudando, congeniábamos, 

y, al igual que el cordero con la hoja parlante (22),

calladamente hablábamos. Si alguna vez pudimos

gozar esa alegría de nadie, ¿de quién era?

¡Ah, cómo se esfumaba por entre los peatones

y en el desasosiego del año interminable!

Vehículos extraños venían hacia nosotros,

y casas formidables e irreales se erguían,   

pero sin conocernos. ¿Qué era lo real? Nada.

Si acaso una pelota, con su curva magnífica (23).

Ni siquiera los niños… Pero, de pronto, alguno

tropieza y cae, a veces, bajo la que ha caído. 

SONETO II-9

No os vanagloriéis, jueces, de no aplicar torturas,

de que la guillotina no estrangule los cuellos. 

Nadie es enaltecido porque su corazón

se cambie por un tierno temblor de suavidad.  

Lo que logró el patíbulo, a lo largo del tiempo,

lo restituye ahora, como un niño el juguete

de un viejo cumpleaños. Si el corazón se hiciera

puro, alto, y abierto, tan sólo el dios sería 

la suavidad auténtica. Vendría, poderoso,

irradiando fulgor, como hacen los divinos. 

Más que un viento en los grandes barcos bien amarrados.

Menos que la secreta y muda donación

que en silencio nos gana, como un niño 

engolfado en el juego de un amor infinito.

SONETO II-10

A todo cuanto hemos adquirido lo amenaza la máquina

que se atreve a instalarse en el espíritu, en vez de obedecerlo.

Y para que la mano no revele su bella incertidumbre,

ella corta la piedra, la más dura, para tal construcción.

  

Nunca se queda atrás, y no podemos escaparnos de ella,

que se escucha a sí misma, lubricada, en la callada fábrica.

Ella es la Vida, y cree que es la mejor que se puede vivir;

con el mismo vigor lo ordena todo, lo crea y lo destruye.

Pero aún nos parece la existencia completamente mágica:

en cien lugares es aún origen. Juego de fuerzas libres,

que nadie toca, sino de rodillas, admirando o en éxtasis.

Siguen siendo suaves las palabras ante lo indescriptible…

Y la música -siempre renovada- de las piedras vibrantes

erige en un espacio abandonado la morada divina. 

SONETO II-11

A veces, de la muerte surge un orden tranquilo;

hombre depredador que insistes en la caza,

más que por trampa o red, te conozco en las velas

que cuelgan a la entrada de tu cueva rocosa.

En silencio te hicieron entrar, como si fueras

mensajero de paz, mas se luchó a la entrada

y, desde allí, la noche arrojó hacia la luz

pálidas y azoradas palomas (24). Y es correcto.

Que el que mira no sienta ni un ápice de pena,

ni siquiera por ese cazador que anticipa,

atento y eficaz, lo que es inevitable.

Matar es una forma de nuestro errante duelo…  

Porque para el espíritu, que es alegre en esencia,

es puro cuanto a todos nosotros nos sucede.

SONETO II-12

Anhela siempre el cambio, ¡inflámate en la llama! (25),  

pues en ella algo tuyo pide metamorfosis;

el alma, que dibuja y rige lo terrestre,

sólo ama, en la figura, el punto de inflexión. 

Lo que se cierra, inmóvil, ya está petrificado.

¿se puede estar a salvo en un gris anodino?

Espera: lo más duro anuncia lo que es duro.

¡Ay, el martillo ausente ya quiere golpear!

La mente reconoce a quien, como una fuente,

fluye, y le lleva, en éxtasis, por la creación serena

que acaba en el principio y comienza en el fin.

Todo espacio gozoso suele ser hijo o nieto

de un final que se afronta con estupor, Y Dafne, (26)

que ya es laurel, te quiere transformado ya en viento.

 

SONETO II-13

Adelántate a toda despedida, como si ya estuviera tras de ti; (27)

lo mismo que ese invierno que se va.

Pues, entre los inviernos, hay uno tan interminable  

que, si logras pasarlo, podrá sobrevivir tu corazón.

Muere siempre en Eurídice y elévate cantando,

y, alabando, remóntate de nuevo hasta la pura relación. 

Aquí, entre lo que mengua, en este reino de lo que declina,

sé vaso resonante que, al resonar, se quiebra. 

Sé -conociendo a un tiempo la esencia del no-ser-

la infinita razón de tu vibración única,

para que, al menos una vez, logres cumplirla.

Únete a las antiguas y calladas reservas

de la Naturaleza; súmate, jubiloso

a su indecible suma, y destruye los números. 

SONETO II-14

Mira, mira las flores, tan leales a todo

lo terrenal. Nosotros les damos un destino

desde el borde del nuestro, pero, cualquiera sabe…

quizá, si se lamentan de haberse marchitado,

a nosotros nos toque ser su remordimiento.

Todo quiere flotar. Pero nosotros, vamos

aplastándolo todo, presumiendo de peso.

¡Qué voraces maestros somos para las cosas

porque ellas disfrutan de una niñez eterna!

Si alguien las sorprendiera en su sueño profundo

y durmiera con ellas, ¡qué leve y qué distinto

se sentiría tras esa hondura compartida!

O podría quedarse, y ellas florecerían

alabando al converso, adoptado por esas

hermanas silenciosas en el viento del prado.

SONETO II-15

Boca de fuente, (28) generosa, hablando 

sin cesar de lo Uno y de lo Puro. –

tú, máscara de mármol, ante el rostro

del agua que se vierte. De lo alto

bajan los acueductos. Desde lejos,

al pie del Apenino, entre las tumbas,    

te traen el murmullo que, más tarde,

sobre el negro mentón envejecido,

se derrama ante ti sobre la pila.

Un oído tumbado, adormecido,

Un oído de mármol al que hablas.

Oído de la tierra, que habla sólo

consigo. Mas si un cántaro le pones,

parece que interrumpes su murmullo.

SONETO II-16

Aunque una y otra vez lo hayamos mutilado,

el dios es el lugar de nuestra curación

Nosotros, deseando saber, somos cortantes, 

pero él es sereno y lo comparte todo.

Hasta la ofrenda pura, la ofrenda consagrada,

la recibe en su mundo de manera distinta,

impasible e inmóvil, como si se opusiera

de algún modo a su libre consumación final. 

 

Sólo los muertos beben el agua de la fuente (29)

-cuyo murmullo apenas percibimos aquí-,

si, silenciosamente, se lo sugiere el dios.

A nosotros tan sólo se nos brinda el ruido.

Y el cordero, impulsado por su instinto apacible,   

empieza a reclamar que le pongan su esquila.

SONETO II-17

¿Dónde, en qué venturosos jardines siempre frescos, 

en qué árboles o cálices tiernamente exfoliados,

maduran los extraños frutos que nos consuelan?

Esos frutos sabrosos… Quizá encuentres alguno

en el pisoteado prado de tu pobreza.

Cada día te asombra su tamaño, su aspecto,

su suave textura, a salvo del saqueo 

del pájaro aturdido, del gusano envidioso. 

¿Habrá en algún lugar árboles vigilados

por ángeles, por lentos y ocultos jardineros, 

que, sin pertenecernos, nos regalen sus frutos?

Nosotros, incapaces, como sombras o espectros,

¿no habremos perturbado, con actos prematuros

y en seguida marchitos, estos dulces veranos?

SONETO II-18

Bailarina, (30) metáfora de toda

transformación, ¡cómo pudiste realizarlo!

Y ese revuelo último, ese árbol del movimiento, 

¿no se adueñó por fin del año que se iba?

¿No te envolvió, de pronto, lo mismo que un enjambre,

tu revuelo anterior, floreciendo en su cima

de silencio? Y sobre él, ¿no era sol o verano

el calor infinito que tú misma irradiabas?

Pero dio mucho más el árbol de tu éxtasis.

¿No son esos sus frutos sosegados: el cántaro

madurando en su estría, y el cántaro ya pleno?

¿Y acaso, en las imágenes, no persiste el dibujo

que el oscuro diseño de tus cejas trazó,

de prisa, sobre el muro de tu propio girar?

SONETO II-19

En algún banco habita el oro seductor,

y se hace familiar para miles de seres.

Aunque, para este ciego mendigo, hasta un centavo

de cobre es como polvo debajo de un armario.   

El dinero, en las tiendas se encuentra como en casa;

Se disfraza de sedas, de claveles, de piel.

Él, el mudo, resiste en la pausa profunda

de su aliento que, insomne, o dormido, respira.  

¿Cómo puede cerrase por la noche esa mano

siempre abierta? Mañana la buscará el destino

y la hará clara, pobre, eternamente efímera. 

Que alguien que admire, atónito, su tenaz resistencia

la comprenda y la alabe. Eso es sólo decible

para el que canta; audible, sólo para el divino.    

SONETO II-20

Qué distancia entre estrellas, pero aquí, en lo terrestre

aprendemos nosotros distancias aún mayores.

Un niño, por ejemplo, y otro que se halla cerca,

qué inmensamente lejos están uno del otro…

El destino nos mide con la vara del ser

y, tal vez, a nosotros nos parezca asombroso; 

por ejemplo, qué lejos la muchacha, del hombre

con el que sueña ella, a la vez que lo evita. 

Todo está lejos, sí, y no se cierra el círculo

en parte alguna. Mira, sobre la mesa alegre,

en el plato, el extraño semblante de los peces. 

Son mudos… se pensaba. Pero cualquiera sabe.

Quizá en algún lugar donde no hubiera peces,

podrían expresarse a través de nosotros.

SONETO II-21

Canta, corazón mío, los jardines ignotos;

claros como cristal fundido, inaccesibles,  

las aguas y las rosas de Ispahan o Shiraz,

Canta con gozo, ensálzalos, pues son incomparables.

Muestra, corazón mío, que nunca te faltaron,

pues te recuerdan -ellos y sus higos maduros- 

y te brindan sus brisas, que, entre ramas floridas,

acarician tu rostro cuando van ascendiendo.

No creas que carece de algo quien decide

sencillamente esto: ¡yo sólo quiero ser!

Has entrado en la trama, como el hilo de seda.

Sea cual sea la imagen que tú sientas más tuya

(aunque fuese un momento doloroso en tu vida),

siéntela como parte del glorioso tapiz.

SONETO II-22

A pesar del destino, qué soberbios excesos

de nuestro ser rebosan como espuma en los parques,

o como estatuas pétreas junto a las crucerías

de pórticos esbeltos, bajo las balconadas.

O como la campana de bronce que a diario

resuena contra el tedio de un vivir aburrido.

O la columna única de Karnak, la columna

que sobrevive a templos casi imperecederos.

Hoy, los mismos excesos apenas se derraman

veloces, como el día indolente y dorado

en la luz cegadora de la noche excesiva.

Mas lo fugaz se funde sin dejar huella alguna.

Y las curvas del vuelo y quienes las trazaron,

quizá tengan sentido. Aunque sólo en la mente.

SONETO II-23

Llámame, pues, en esa hora tuya

que sin cesar se te resiste: próxima, 

suplicante, lo mismo que la cara

de un perro que se aleja, rechazado,

cuando por fin pensabas capturarlo.

Eso que se escabulle es lo más tuyo.

Somos libres. Pero nos abandonan

donde esperamos ser bien acogidos.

Angustiados, buscamos un apoyo:

para lo viejo, demasiado jóvenes,

y viejos para aquello que no fue.

Sólo cuando alabamos, somos justos,

pues somos, oh, la rama y el acero, 

y el dulzor del peligro que madura.

SONETO II-24

¡Oh, placer siempre nuevo del barro maleable!

Casi nadie impulsó a aquellos precursores,

pero surgieron urbes sobre bahías felices, 

y el agua y el aceite rellenaron los cántaros.

Imaginamos dioses con audaces proyectos

que reiteradamente el destino destruye. 

Ellos son inmortales, y nosotros podemos

escuchar finalmente a aquel que nos escucha. 

Nosotros, milenarios, madres, padres,

siempre embargados por el hijo futuro 

que algún día lejano llegará a rebasarnos.

Eternamente audaces, ¡cuánto tiempo tenemos!

Sólo la muerte muda sabe bien lo que somos

y que siempre saldrá ganando en cada préstamo.

SONETO II-25

Escucha. Ya percibes los primeros rastrillos;

de nuevo el ritmo humano en la discreta calma

de la tierra pujante, antes de primavera.

Sientes que lo que llega tiene cierto sabor.

Y lo que tantas veces te llegó, vuelve ahora

otra vez, y lo sientes como si fuera nuevo. 

Siempre ansiabas tenerlo y nunca lo lograste. 

En realidad, tú fuiste, finalmente, su presa.

Hasta la hoja del roble que ha pasado el invierno

luce un toque marrón de futuro en la tarde.

y los aires, a veces, entre sí se hacen señas.

Negros son los matojos. Pero el estiércol tiñe

los prados con un negro todavía más profundo.

Y parece más joven cada hora que pasa.  

SONETO II-26           

¡Cómo nos estremece ese grito del pájaro… (31)

y cualquier otro grito que haya sido creado!

Sin embargo, los niños, jugando al aire libre,

también gritan al lado del grito verdadero.

Y gritan al azar. Y entre los intersticios

de este espacio del mundo (donde el grito del ave

entra y se siente a salvo, como el hombre en el sueño)

hunden ellos sus cuñas, las de su griterío.

Ay, ¿dónde, dónde estamos? Más libres cada vez, 

igual que las cometas liberadas del hilo,

vamos a media altura, con cintas de sonrisa

rasgadas por el viento. ¡Ordena a los que gritan,

dios cantor, y que luego despierten rumorosos

como el río que lleva la cabeza y la lira!

SONETO II-27

¿Existe de verdad el tiempo destructor?

¿Cuándo caerá el castillo en la montaña quieta?

¿Cuándo este corazón, tan infinitamente

de los dioses, será presa del Demiurgo? 

¿Somos tan destructibles almas atormentadas

como el destino quiere hacernos entender?

Y la infancia, tan honda y tan prometedora (32)

en su raíz, ¿podrá prevalecer más tarde?

¡Ah!, he ahí el fantasma de la fugacidad (33)

filtrándose, de pronto, como un humo sutil,

en cualquier inocente carente de malicia.

Siendo nosotros unos seres tan pasajeros,

sin embargo, las fuerzas permanentes nos creen

capaces de emprender una tarea divina. 

SONETO II-28

¡Oh, ven y vuelve! (34) Tú, aún casi una niña,

perfecciona un instante la figura de danza,

para que sea la pura constelación de aquellas

con las que superamos, aunque somos efímeros,

a la opaca y metódica naturaleza. Ella, 

absorta, en plena escucha, sólo se conmovió

con el canto de Orfeo. Tú, aún recién llegada

de otro tiempo, sentiste, sorprendida, que un árbol 

lentamente pensaba seguirte en esa escucha.    

Recordabas aún en qué lugar se alzaba,

resonante, la lira, la increíble ascensión.

Para ella ensayaste los más hermosos pasos,

esperando que un día, hacia la fiesta espléndida  

se volvieran los pasos y el rostro del amigo. 

SONETO II-29

Amigo silencioso (35) de tantas lejanías,

siente cómo tu aliento aún ensancha el espacio.

Ahí, entre las vigas de oscuros campanarios, 

deja oír tu tañido. Pues tu debilidad

se vuelve fortaleza gracias a ese alimento. 

Entra y sal en el ámbito de esa transformación.   

Para ti, ¿qué experiencia es la más dolorosa?

Si al beberla te amarga, convierte tú en vino. 

Sé, esta noche de excesos, una energía mágica

en el cruce de todos los sentidos. Y sé

la razón verdadera de su extraño reencuentro.

Y si algún día te olvida el destino terrestre,

dile a la tierra firme en su quietud: yo fluyo,

y al agua pasajera en su fluir: yo soy.

SONETO II-2

(16) El espejo, que aparece en este soneto y en el siguiente, es uno de los símbolos más importantes en la obra de Rilke, como espacio mágico, intemporal, en el que las cosas son absorbidas. Aparentemente estáticos, los espejos se van colmando “de tiempo sucesivo”.

SONETO II-3

(17) Culminando la metáfora del espejo, se evoca la leyenda de Narciso: enamorado de su propio reflejo en el agua, se arroja a ella y se ahoga, “ya claro y libre”.

SONETO II-4

(18) Sin nombrarlo, este soneto alude al unicornio, animal imaginario que llega a ser gracias al amor; un animal tan puro y tan esquivo, que sólo una doncella virgen puede acercarse a él. La unión de la Dama y el unicornio se realiza a través dl espejo en el que ella hace ver al unicornio su imagen. Rilke visitó el 9 de junio de 1906 el Museo de Cluny, acompañando a Stina Frisell y a su hija, que habían llegado a París desde Suecia. Allí les mostró los seis tapices de La Dame à la licorne, inspiradores del poema “El unicornio”, escrito en Meudon, dedicado a la señora Frisell e incluido en los Nuevos poemas (1907). En Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rilke describe con todo detalle esta célebre serie de tapices flamencos, que data de finales del siglo XV.   

SONETO II-5

(19) El 26 de junio de 1914, Rilke había escrito a Lou Andreas-Salomé: «Yo soy como la pequeña anémona que vi una vez en un jardín de Roma; durante el día había estado tan abierta que ya no se pudo cerrar para la noche. Era horrible verla en la oscura pradera, abierta completamente, acogiendo todavía dentro de su cáliz, que parecía que se abría como con furia, con la noche excesiva sobre ella…» 

SONETO II-6

(20) La rosa es cifra y resumen de la simbología rilkiana, que el poeta corona con su propio epitafio: “Rosa, contradicción pura, delicia de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados.” En “Vaso de rosas”, que cierra la primera parte de los “Nuevos poemas”, los pétalos de esta flor son comparados con los párpados, destinados a contener el poder de una mirada deslumbrante. El poema está fechado en Capri, en el año nuevo de 1907. Según Bollnow, Rilke acaba identificándose con la anémona o con la rosa, porque ambas simbolizan la vida humana. En general, las flores participan de los “dos reinos”.

SONETO II-8

(21) Egon von Rilke, primo y compañero de juegos del poeta, murió siendo aún niño, y es recordado aquí y en la Cuarta Elegía –“el muchacho de bizcos ojos pardos”-, así como en “Los cuadernos de Malte Laurids Brigge”, como modelo del personaje de Erik Brahe. 

(22) En la iconografía paleocristiana, a partir del siglo IV, el cordero místico -símbolo de Cristo- suele ser representado de pie, sosteniendo un astil rematado con una cruz y adornado con una banderola y con la leyenda “Ecce Agnus Dei”.

(23) Algunos objetos (espejo, surtidor, pelota, balanza, rosa…) son utilizados por Rilke para simbolizar aspectos esenciales de su “mundo interpretado”. La pelota, asociada a los juegos de infancia, simboliza -en su “alegría ondulante”, en su vuelo y en su caída- el movimiento puro, libre e ilimitado.

SONETO II-11

(24) Según comentó el propio Rilke, este poema “se refiere al modo como, según una antigua costumbre cinegética, en determinadas regiones del Karst, agitando de repente, y de un modo especial, unos paños que han colgado cuidadosamente en el interior de sus cavernas, la gente hace salir de sus moradas subterráneas a las palomas de cueva, que tienen una palidez especial, para luego abatirlas en su asustada huida».

SONETO II-12

(25) En este soneto fundamental, la urgencia de la transformación -subrayada por el imperativo- se despliega en tres imágenes dinámicas -fuego, agua y aire-, opuestas a la rigidez de la roca. 

(26) Acosada por el dios Apolo, la ninfa Dafne suplica a su padre -el río Peneo- que la convierta en laurel. El mito es narrado bellamente por Ovidio en sus Metamorfosis, I, vv. 452-567: “…De repente, su piel se convirtió en corteza de árbol (un laurel), su cabello en hojas y sus brazos en ramas. Dejó de correr ya que sus pies se enraizaron en la tierra. Apolo abrazó las ramas, pero incluso éstas se redujeron y contrajeron. Como ya no la podía tomar como esposa, le prometió que la amaría eternamente como su árbol y que sus ramas coronarían las cabezas de los héroes. Apolo empleó sus poderes de eterna juventud e inmortalidad para que siempre estuviera verde”.

SONETO II-13:

(27) El 18 de marzo de 1922, Rilke envió este soneto a la madre de Wera Oukama-Knoop, precisando: “…de entre todo el conjunto, es el que está más cerca de mí y en definitiva es el que más valor tiene”. En él continúa y culmina el tema del soneto anterior: la transformación.  

SONETO II-15

(28) Inspirado en las fuentes de Roma, este poema remite también al paisaje de Arlès, evocado en el soneto I-10.

SONETO II-16

(29) Se refiere a la “fuente del olvido” o al Leteo, uno de los ríos del Hades. Según la mitología griega, quien bebía de sus aguas se olvidaba de todo; se decía también que se hacía beber de este río a las almas antes de reencarnarlas, de forma que no recordasen sus vidas pasadas.

SONETO II-18

(30) Nueva alusión a Wera, la joven y malograda bailarina, a quien está dedicado, como “monumento funerario”, todo el ciclo de los Sonetos. La danza, “árbol del movimiento”, es y simboliza transformación: aquí y en el poema “Bailarina española”, donde se asocia al vértigo y al fuego.

SONETO II-26

(31) En una carta del 14 de enero de 1919,  dirigida a Adelgeid von der Marwitz, Rilke concreta su idea del “espacio interior del mundo” en dos experiencias vividas a través de la vista y del oído, en Toledo y en Capri, respectivamente: “Al final del poema ‘La Muerte’ es evocado el momento en que (hallándome yo, de noche, sobre el prodigioso puente de Toledo) una estrella cayendo a través del espacio del mundo en lenta trayectoria, cayó al mismo tiempo (¿cómo decirlo?) a través de mi espacio interior: abolido el contorno aislante del cuerpo. Y lo mismo que aquí por medio de la vista, esa unidad ya me había sido revelada en otra ocasión por medio del oído: en Capri, una noche en que yo estaba en el jardín, bajo de los olivos, y el grito de un pájaro, al cerrar yo los ojos.  estaba a la vez dentro y fuera de mí, como en un único espacio indistinto de una amplitud y de una limpidez absolutas”.

SONETO II-27

(32) En un fragmento de las Elegías, escrito en 1920, se dice: “No dejes que la infancia, esa infinita lealtad de los celestes, te sea arrebatada por el destino”. Holthusen comenta: “La ‘infancia’ es esa unión originaria del niño con lo que el poeta llama ‘naturaleza’, con esa energía del ser, que sostiene, crece y se brinda; la concentración más íntima de la humana capacidad de sentir, consustancial con esa plenitud de sentimiento inagotable de la naturaleza y que es vivido como un don del ‘cielo’”.

(33) En la carta a su traductor y editor polaco Witold von Hulewicz, fechada el 11 de noviembre de 1925, el poeta escribe: “La fugacidad se precipita por todas partes en un ser profundo”.  

SONETO II-28

(34) Aquí, y en los sonetos I-25 y II-16, Wera es evocada expresamente como bailarina. 

SONETO II-29

(35) Este último soneto está dirigido, según el propio poeta, a un amigo de Wera (que pudiera ser él mismo); en él se resume el gran tema de la transformación.