Segunda Elegía

Todo ángel es terrible. Pero, ¡ay!, / os celebro sabiendo lo que sois,

casi mortales pájaros del alma. / ¿Dónde están ya los tiempos de Tobías (7),

cuando uno de los más deslumbradores / apareció frente al sencillo umbral,

apenas disfrazado para el viaje / y no terrible (joven para el joven

que con ojos curiosos le miraba)? / Si ahora bajase el peligroso arcángel

desde detrás de las estrellas, y, / de pronto, se acercase un solo paso,

el propio corazón sobresaltado / nos aniquilaría. ¿Quiénes sois?

Oh, vosotros, tempranas perfecciones, / los mimados de toda la creación,

altas ondulaciones, rojas crestas / aurorales de todo lo creado,

polen de la divinidad aún en flor, / coyunturas de luz, pasos, escalas,

tronos, espacios de la esencia, / escudos de la felicidad, tumultuosas

tormentas de un sentir arrebatado, / y, repentinamente, solitarios

espejos que recogen en su rostro, / de nuevo, su belleza desbordada.

Porque nosotros, siempre que sentimos, / nos volatilizamos, ay, nos disipamos

y, de ascua en ascua, vamos exhalando / una fragancia cada vez más débil.

Quizá alguien nos diga: “Entra en mi sangre, / este aposento y esta primavera

se llenarán de ti…” ¿Y de qué sirve? / No puede retenernos, y nosotros

nos desvaneceremos tanto en él / como en su alrededor. Y a los más bellos

¿quién los retiene? Una y otra vez / brilla en su rostro la apariencia y huye.

Como rocío en la hierba matinal / se esfuma de nosotros lo que es nuestro,

como el calor de un plato de comida. / ¡Oh, sonrisa!, ¿hacia dónde? ¡Oh, mirada

surgiendo!: nueva, cálida y esquiva / ola del corazón… ¡Ay, eso somos…!

¿Tendrá sabor humano el universo / donde nos diluimos? Y los ángeles

¿toman sólo lo suyo, lo que irradian, / o, alguna vez, como por distracción,

hay en ellos un poco de nosotros? / ¿Acaso hay en sus rasgos algo nuestro,

como la vaguedad en las facciones / de una mujer encinta? No lo advierten

en su vertiginoso regresar / (¿cómo podrían saberlo?) Los amantes

sí que podrían, si lo comprendieran, / hablarse el uno al otro, entusiasmados,

en el aire nocturno. Pues parece / que todo lo que existe nos oculta.

Mira, los árboles están: las casas / que habitamos están. Sólo nosotros

pasamos por las cosas como el viento, / y todo se conjura silenciándonos,

por vergüenza, quizás, o por alguna / indecible esperanza. A vosotros,

amantes mutuamente satisfechos, / pregunto por nosotros. Os tocáis.

¿Tenéis pruebas? Mirad, a veces pasa / que mis manos se sienten, o que en ellas

se refugia mi rostro ya gastado. / Eso me da una cierta sensación.

Pero ¿quién se creerá, sólo por eso, / que verdaderamente tiene ser?

Sin embargo, a vosotros, que crecéis / en el arrobo mutuo, hasta que uno,

abrumado, suplica: “¡es suficiente!”; / a vosotros, amantes, cuyas manos

destilan abundancia, como en años / de copiosas vendimias, a vosotros,

que perecéis a veces, porque el otro / se expandió demasiado, yo os pregunto

por nosotros. Ya sé que si os tocáis / tan dichosos es porque la caricia

os retiene, y también porque persiste / el lugar que ocupáis tan tiernamente,

y porque, por debajo, presentís / la pura duración. Y en el abrazo

os prometéis casi la eternidad. / Y, sin embargo, cuando superáis

la primera mirada temerosa, / y la melancolía en la ventana,

y el paseo, una vez, por el jardín, / ¿seguís siendo los mismos? Cuando uno

levanta al otro hasta su boca, y beben / -sorbo con sorbo-, ¡con qué prisa extraña

se escabulle, de pronto, el bebedor! / ¿No habéis visto, asombrados, la mesura

del gesto humano en las estelas áticas? (8)  / ¿No estaban ahí, tan leves en sus hombros,

el Amor y la Ausencia, como hechos / de otra materia? Recordad las manos,

cómo se posan levemente, aunque / haya fuerza en los torsos. Lo sabían

muy bien aquellos dueños de sí mismos: / hasta aquí hemos llegado… esto es lo nuestro:

rozarnos de este modo. Con más fuerza / nos presionan los dioses, pero eso

únicamente les concierne a ellos. / Ojalá encontráramos nosotros

al menos algo humano, puro, angosto, / contenido, una franja cultivable

entre el río y la roca. Pues, lo mismo / que a ellos, a nosotros nos rebasa

el corazón. Y somos incapaces / de mirar a los dioses, en imágenes

que lo sosieguen, o en cuerpos divinos / en los que, aún más, el corazón se calme.

(7) Alusión al texto bíblico en el que se narra el viaje que emprende Tobías acompañado por un ángel, llamado Rafael, que aparece en el umbral de su casa para acompañarle y mostrarle el camino. (Tobías, cap. 5, vv. 1-22)

(8) Posible referencia a las lápidas funerarias antiguas que Rilke vio en Nápoles; una de ellas –réplica romana de un relieve griego- representa la despedida de Eurídice y Orfeo, que Rilke pone como ejemplo a los amantes que deben amar liberándose de lo amado. Eustaquio Barjau describe así la escena: “ella coloca la mano suavemente sobre el hombro de su amado; éste corresponde colocando la suya sobre el dorso de la mano de Eurídice, tocándolo apenas con las puntas de los dedos; los dos tienen la cabeza inclinada en una actitud elegante y contenida; las barbillas se separan y la línea de los rostros forma un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. Todo el conjunto respira serenidad y belleza”.