Dedicada a Rudolf Kassner (29)
Con los ojos contempla la criatura / plenamente lo Abierto (30). Nuestros ojos,
en cambio, como vueltos del revés, / parecen colocados como trampas
alrededor de la salida libre. / Sólo a través del animal sabemos
lo que hay ahí fuera. Porque ya al niño / recién nacido le damos la vuelta,
le obligamos a ver, sólo de espaldas, / las formas aparentes, no lo Abierto,
tan hondo en el mirar de la criatura. / Sin muerte. Porque sólo nuestros ojos
la ven: el animal libre está siempre / más allá de su ocaso: él va hacia Dios;
y si camina, es por la eternidad, / como las fuentes. No tenemos nunca
ante nosotros, ni siquiera un día, / el puro espacio en el que las flores
se abren al infinito. Siempre hay mundo, / nunca ese “ningún lugar” sin nada:
lo puro, lo que no está vigilado, / lo que uno respira y reconoce
interminablemente y no desea. / De niño, uno se pierde ahí en silencio,
y se le zarandea. O alguien muere, / y ya es eso. Pues, cerca de la muerte,
ya no se ve a la muerte; mira atónito / hacia fuera, tal vez con la mirada
más grande con que mira el animal. / Los amantes -si no estuviera el otro,
que impide ver- se acercan, asombrados… / Como al descuido, eso se entreabre
detrás de cada uno… Sin embargo, / ninguno de los dos logra pasar
detrás del otro, y vuelve el mundo. Siempre / de cara a lo creado, sólo vemos
en ello el espejismo de lo libre / oscurecido por nosotros. Salvo
que algún animal mudo alce los ojos / y nos traspase. Eso es el destino:
estar ahí enfrente, nada más, / siempre enfrente. Si el animal que viene
hacia nosotros, confiadamente, / tuviera una conciencia parecida
a la nuestra, quizá nos forzaría / a volver y a seguirle. Mas su ser
es infinito para él, sin freno, / sin ninguna conciencia de su estado,
puro, tan puro como su mirada. / Donde nosotros vemos el futuro,
él lo ve todo, él se ve en el Todo, / a salvo para siempre. Sin embargo,
hay en el animal, alerta y cálido, / el peso de una gran melancolía.
En él, como en nosotros, permanece / eso que, con frecuencia, nos abruma:
el recuerdo, como si alguna vez / lo que ahora perseguimos afanosos
hubiera estado ahí, mucho más cerca, / hubiera sido mucho más leal,
con un tacto infinitamente tierno. / Aquí todo es distancia, pero allí
todo era aliento. Comparada con / la primera morada, ésta segunda
parece ambigua e insegura. ¡Oh dicha / de la criatura diminuta que
permanece en el seno donde nace! / ¡Oh dicha del mosquito que aún salta,
hasta en sus bodas, dentro de sí mismo! / Porque todo es entraña. Mira al pájaro,
en su seguridad un tanto incierta: / ya al nacer casi sabe de ambos reinos,
como si fuera el alma de un etrusco (31), / de un muerto ya acogido en otro espacio,
pero cuya figura reclinada / sigue ahí, como tapa del sarcófago.
Mira la indecisión de la criatura / obligada a volar fuera del seno.
Como si se asustara de sí misma, / hiende el aire en zigzag, como la grieta
en una taza. Así raya el murciélago / la porcelana del anochecer.
Pero nosotros, ¡siempre espectadores, / en todas partes, vueltos hacia todo,
sin mirar nunca afuera! Desbordados, / tratamos de ordenarlo, y se nos cae.
Volvemos a ordenarlo una vez más, / y otra vez se nos cae y nos caemos.
¿Quién nos ha colocado así, de espaldas, / para que, hagamos lo que hagamos, siempre
tengamos la actitud del que se va? / Como quien, en la última colina,
que le señala por última vez / el valle entero, vuelve la mirada,
se para una vez más y se demora, / así vivimos, siempre despidiéndonos.
(29) Filósofo y escritor austríaco, Rudolf Kassner (1873-1959) destacó por su rigor intelectual y por su apertura a todas las vertientes de la creatividad humana, incluida la mística, la filosofía, las ciencias, la literatura y las bellas artes. Se interesó especialmente por la cosmovisión fisonómica, y desarrolló una interesante teoría de la imaginación, como puente entre el espíritu y el alma. Rilke conoció a Kassner gracias a la princesa Marie von Thurn und Taxis, de la que ambos fueron huéspedes en su castillo de Duino. Rilke llamaba a esta Elegía “La silenciosa”.
(30) La noción de “lo Abierto” (das Offene) es esencial en la cosmovisión rilkiana. En una carta dirigida a un lector ruso, fechada el 27 de febrero de 1926, el propio poeta aclara: “lo Abierto… no es ni el cielo, ni el aire, el espacio, que también son para el que contempla y juzga aún objetos y por lo tanto opacos y cerrados. El animal, la flor, es todo esto sin darse cuenta, y de este modo tiene frente a sí, y más allá de sí, esta libertad indescriptiblemente abierta que, acaso para nosotros, sólo tiene su equivalente extremadamente pasajero en los primeros instantes del amor, cuando el ser se ve en la mirada del otro, se encuentra en ese mirar que descubre, en el amado, su propia amplitud, o aun en elevarse a Dios”. (31) Sobre el sarcófago de las tumbas etruscas se solía colocar una figura de tamaño natural de la persona o personas fallecidas; y sobre la lápida, la pintura de un pájaro, que representaba su alma. El poema sugiere la doble morada del pájaro -nido y espacio libre- y del difunto -cuerpo perecedero y alma inmortal-.