Primera Elegía

(Propiedad de la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenlohe) (1)

¿Si yo gritara, quién me escucharía / desde las jerarquías de los ángeles?

Y aunque, de pronto, un ángel me estrechara / contra su corazón, me arrasaría

su existencia más fuerte, pues lo bello / no es más que ese nivel de lo terrible

que todavía podemos soportar. / Y lo admiramos porque, indiferente,

desdeña destruirnos. Todo ángel / es terrible… Así que me contengo

y ahogo el grito de mi llanto oscuro. / ¡Ay!, pero ¿a quién podríamos suplicar?

No al ángel, no, ni al hombre: y los sagaces / animales perciben que no estamos

seguros en la casa de este mundo / interpretado. Aunque quizá nos quede

algún árbol ahí, en la ladera, / para volverlo a ver, día tras día,

o la calle de ayer, y la indolente / fidelidad de una costumbre amada

que, encontrándose a gusto con nosotros, / se ha quedado y está y no se ha ido.

¡Y la noche, la noche (2), cuando el viento / lleno de espacio cósmico devora

nuestro rostro! ¿a quién se va a negar / la ansiada, dulce, engañadora noche,

que, dolorosamente, se presenta / al solitario corazón? ¿Acaso

es más suave para los amantes? / ¡Ay, ellos sólo saben ocultarse

mutuamente el destino! ¿Aún no lo sabes? / Arroja de tus brazos el vacío

hacia el espacio en el que respiramos; / quizá sientan las aves que su vuelo

se ensancha en toda la amplitud del aire. / Las primaveras te necesitaban,

sí, y algunas estrellas exigían / que tú las presintieras. Una ola

se acercaba hacia ti desde el pasado, / o, paseando bajo una ventana,

se te ofrecía un violín. Y todo eso / era un destino. Pero ¿lo cumpliste?

¿No estabas distraído con la espera, / como si todo eso te anunciase

una amada? (Di, ¿dónde te propones / alojarla, si grandes pensamientos

extraños van y vienen o se quedan / a veces junto a ti toda la noche?).

Pero si quieres, canta a las amantes. / No es bastante inmortal su renombrado

sentimiento (3). Pues las abandonadas, / a las que casi envidias, te parecen

más amorosas que las satisfechas. / Renueva la alabanza inalcanzable.

Piensa: el héroe persiste, y su caída / no fue más que un pretexto para ser:

su último nacimiento. A las amantes, / las recoge en su seno la agotada

naturaleza, como si no fuera / capaz de lograr esto una vez más.

¿Has recordado tú a Gaspara Stampa (4) / con suficiente fuerza para que

cualquier muchacha abandonada sienta: / “Si fuera como ella…”? ¿No debieran

hacerse más fecundos, finalmente, / estos viejos dolores? ¿No es ya tiempo

de librarnos, amando, del amado, / y resistir, estremecidamente,

como flecha en la cuerda, concentrada / en la tensión del salto, superándose?

Porque no hay permanencia en ningún sitio. / Voces, voces. Escucha, corazón:

así los santos escuchaban antes, / pues la llamada inmensa los alzaba

del suelo, pero ellos persistían / inverosímilmente arrodillados,

absortos, escuchando. No es que tú / pudieras resistir la voz de Dios;

de ninguna manera, pero escucha / su soplo, la noticia que, incesante,

se forma en el silencio. Escucha ahora / el murmullo de aquellos que murieron

en plena juventud. ¿No te habló, acaso, / con acento sereno, su destino,

cada vez que pisaste las iglesias / de Roma o Nápoles? ¿No se te mostraba,

sublime, una inscripción, como, hace poco, / en esa estela de Santa María

Formosa? (5) ¿Qué pretenden? ¿Es que acaso / debo dejar a un lado y en silencio

la aparente injusticia que disturba / el movimiento puro de su espíritu?

Resulta extraño no habitar la tierra, / no hacer cosas apenas aprendidas;

no cifrar el sentido de lo humano / en las rosas o en cosas que, igualmente,

parecen prometer; no ser ya uno / aquel que fue en las manos de una angustia/

infinita, y haber abandonado, / como un juguete roto, el propio nombre.

Extraño, no sentir más el deseo; / extraño, cómo flota, ahí en el aire,

tan libremente, lo que estaba unido. / Estar muerto es difícil: un anhelo

por recobrar la vida aún no hecha / hasta que lentamente se percibe

algo de eternidad. Pero los vivos / cometen el error de distinguir

con demasiado ímpetu. Los ángeles / -se dice- desconocen a menudo

si andan entre los vivos o los muertos. / El eterno fluir arrastra siempre

por ambos mundos todas las edades / e impone en ambos reinos su estruendo.

Finalmente, los muertos prematuros / ya no nos necesitan. Cada uno

se va desentendiendo suavemente / de lo terrestre, como de los cálidos

pechos maternos. Ah, pero nosotros, / que tan grandes misterios precisamos

y que frecuentemente conseguimos / del dolor un avance tan dichoso,

¿cómo podríamos existir sin ellos? / ¿Será vana leyenda haber creído

que, en el luto por Lino (6), surgió, osada, / la música primera, penetrando

la rigidez de la materia inerte, / y que en aquel espacio estremecido

de donde el joven semidiós salió, / de pronto y para siempre, entró el vacío

en una vibración que todavía / nos rapta, nos consuela y nos ayuda?

(1) El poeta dedica las “Elegías” a su amiga y protectora, la princesa Marie von Thurn und Taxis-Hohenlohe, dueña del castillo de Duino, situado en la costa del Adriático, cerca de Trieste. Allí se hospedó Rilke con frecuencia, y allí escribió, en febrero de 1912, las tres primeras elegías, asociando finalmente el nombre de Duino a todo el conjunto.

(2) Infinita e íntima, la noche es una figura fundamental en la poética rilkiana, como espacio cósmico abierto al “espacio interior del mundo”. Los “Poemas a la Noche”, en los que Rilke evoca un tema predilecto del romanticismo alemán, han sido considerados como “laboratorio” de las Elegías.

(3) Se refiere a las amantes rechazadas, más capaces de amar porque “crecían y se elevaban en su amor”. En los “Cuadernos de Malte Laurids Brigge”, habla Rilke de “esas “amantes inauditas” que superaban al hombre, “que crecían y se elevaban más alto que él, cuando él no volvía, como Gaspara Stampa o como la Portuguesa, y que no lo abandonaban hasta que su tortura se había cambiado en un esplendor amargo, helado, que ya nadie podía detener”. [La Portuguesa alude a Mariana Alcoforado (Beja,1640-1723), monja clarisa que, supuestamente, escribió las cinco famosas cartas dirigidas al marqués de Chamilly, expresando con arrebatada belleza su desamparo y su queja por un amor no correspondido. Hoy sabemos que esas cartas -publicadas en París, en 1669. Como “Lettres portugaises”- fueron escritas por el conde Lavergne de Guilleraques, como presunta versión de los escritos de Mariana.]

(4) Gaspara Stampa (1523-1554): Poetisa italiana, nacida en Padua. A los 25 años se enamoró apasionadamente del noble veneciano Collaltino di Collalto, que la abandonó tres años después. Gran parte de los 311 poemas que escribió Gaspara están dedicados a ese amor malogrado. Su cancionero, bajo el título de “Rime”, fue publicado póstumamente en 1554, el mismo año de su muerte.

(5) Santa Maria Formosa es una iglesia de Venecia, que Rilke visitó el 3 de abril de 1911, junto a la princesa Marie. Allí, junto al altar mayor, hay un altivo epitafio en latín, que corresponde a Helmanus Guglielmus, un joven aristócrata de origen flamenco, fallecido el 16 de octubre de 1593. El epitafio dice, entre otras cosas: Vixi aliis dum vita fuit / post funera ándem / non perii, at gelido / in marmore vivo mihi (“En vida viví para los demás; ahora, después de la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol frío para mí mismo”).

(6) A Lino, hijo del dios Apolo y de la musa Terpsícore, se le atribuye la invención del canto, la música y la poesía. Virgilio le llama divino carmine pastor (Bucolica, VI, 67). Se dice que enseñó esas artes a su hermano Orfeo y a Hércules. Este último, encolerizado porque el maestro le había reprochado su torpeza para aprender, golpeó a Lino con la lira, causándole la muerte. De ahí que se le relacione con el canto fúnebre y con los mitos de Adonis y de Orfeo. Según otras leyendas, la música nació cuando la naturaleza entera lloró la muerte de Lino.