¿Por qué, si nos es dado terminar / la existencia lo mismo que el laurel (32)
-con un verdor un poco más oscuro / que cualquier otro, y con pequeñas ondas
bordeando cada hoja (cual sonrisa / de un viento)-, vivimos lo que es nuestro
y, evitando el destino, lo anhelamos? / No porque sea la felicidad
ventaja anticipada de una pérdida. / No por curiosidad, ni como ensayo
del corazón, porque el laurel tendría / ese mismo destino, sino porque
estar aquí ya es mucho, y nos parece / que todo lo de aquí nos necesita,
lo que es fugaz nos sigue extrañamente / a nosotros, los más perecederos.
Cada cosa, una vez, sólo una vez. / Y nosotros también, sólo una vez,
y nunca, nunca más. Pero haber sido / al menos una vez, oh, haber sido
terrestres, no parece revocable. / Y nos apresuramos, y queremos
cumplirlo, contenerlo en nuestras manos / sencillas, y también en la mirada
plena, en el corazón enmudecido. / Queremos serlo. Dárselo a alguien,
pero dárselo ¿a quién? Mejor sería / guardarlo todo para siempre… ¡Ay!,
pero a ese reino de las relaciones / ¿qué podemos llevarnos? No el mirar
lentamente aprendido, ni ninguna / otra cosa de aquí. Nada. Tan sólo
el dolor, y quizá, antes que nada, / lo que pesa, y la larga experiencia
del amor… Nada más que lo inefable. / Pero, más tarde, bajo las estrellas,
¿qué valor tiene eso? Ellas son / más indecibles. Pues el caminante
tampoco trae de la ladera al valle / un puñado de tierra, la inefable
para nosotros, sino una palabra / conseguida e intacta: la genciana
amarilla y azul (33). Quizá nosotros / sólo estamos aquí para decir:
casa, puente, venero, puerta, cántaro, / árbol frutal, ventana (34), o, a lo sumo,
columna, torre… Sí, para decir / lo que las cosas no soñaron nunca
ser de verdad por dentro. ¿No es acaso / un engaño secreto de esta tierra
callada, cuando impulsa a los amantes / a un sentimiento que lo hechiza todo?
Umbral (35): ¿Qué es para ellos desgastarlo / aún un poco más después de tantos,
o un poco antes de los que vendrán?… / Algo ligero. He aquí el tiempo
de lo decible; aquí está su casa. / Habla y da fe. Ahora, más que nunca,
caen las cosas vivibles, pues aquello / que las desplaza es un hacer sin forma.
Un hacer bajo costras que revientan / tan pronto como el acto las rebasa
por dentro, y se limita de otro modo. / Ahí resiste nuestro corazón,
entre martillos, como, entre los dientes, / la lengua, que, no obstante,
sigue alabando. Alábale también / el mundo al ángel; no el mundo inefable,
porque ante él no puedes presumir / de ninguna experiencia esplendorosa;
en ese mundo en el que él percibe / con más intensidad, eres novicio.
Muéstrale lo sencillo, que, formado / en el fluir de las generaciones,
como algo nuestro, vive con nosotros / junto a la mano y en nuestra mirada.
Háblale de las cosas, y él, erguido, / se parará asombrado, como tú,
allí en Roma, junto al alfarero, / o junto al cordelero, allá en el Nilo.
Y dile qué feliz puede sentirse / una cosa, qué límpida y qué nuestra;
cómo la propia pena, que se queja, / elige puramente alguna forma,
sirve como una cosa o muere en ella… / y, contenta, se escapa más allá
del violín… Y estas cosas, cuya vida / es un adiós, comprenden tu alabanza;
pues, fugaces, confían en nosotros, / los más perecederos, como si
pudiéramos salvarlas. Y desean / que, en nuestros corazones invisibles,
las transformemos -¡oh, infinitamente!- / en nosotros, no importa qué seamos.
¿No es esto, Tierra, lo que tú deseas: / resurgir en nosotros, invisible?
¿No sueñas eso, Tierra? ¡Sí! ¡Invisible! / Pues ¿qué otra cosa puede ser tu urgente
obligación, sino metamorfosis? / Querida Tierra, yo lo quiero. Créeme:
para ganarme ya no eran precisas / tus primaveras: una, ah, una sola
es demasiado ya para la sangre. / Hace ya tiempo que, inefablemente,
me decidí por ti. Tienes razón, / tu más sagrada inspiración es ésta:
la Muerte familiar. Mira, yo vivo. / ¿De qué? Ni la niñez ni el porvenir
disminuyen… Exceso de existencia / brota en mi corazón, inagotable.
(32) Atormentado por el destino que el ser humano anhela, aun sabiéndose efímero, el poeta añora la quietud del laurel, interpretando positivamente el castigo que el dios Apolo infringe a la ninfa Dafne por eludir su acoso. El conocido mito griego reaparece, reinterpretado, en el Soneto II-12 de los “Sonetos a Orfeo”.
(33) La palabra poética -representada aquí por la “genciana amarilla y azul”- es la palabra pura que transforma lo indecible en decible. La genciana, una flor singular de los Alpes, tiene connotaciones mágicas en el imaginario popular: el que la arranca debe morir, aunque también se dice que deshojándola se ahuyenta a la muerte. La aquí evocada parece ser la genciana azul (Gentiana acaulis), que tiene algunos toques amarillos en el interior del cáliz.
(33) Al margen del posible simbolismo de cada palabra, aquí se reivindica el valor mismo de las cosas y la dignidad que les confiere el ser nombradas, “pues, fugaces, confían en nosotros, / los más perecederos, como si, / pudiéramos salvarlas…”
(34) Frontera y enlace entre el exterior y el interior, el umbral viene a ser un símbolo de comunicación, un espacio en el que amorosamente se acoge o se despide. En la Segunda Elegía se subraya su función de acogida incluso ante una visita “sobrenatural”: el ángel aparece “frente al sencillo umbral” como si fuera un joven más, “apenas disfrazado para el viaje” y dispuesto a guiar al joven Tobías.